Animo! Arturo Venegas,blogs

Mayo 5, 2006

Cuando el cerebro desconecta el yo

Archivado en: blogs — Arturo Venegas @ 12:28 pm

Nuevos estudios demuestran que si el cerebro se concentra en una tarea, la percepción de sí mismo desaparece. Además, por medio de la región cerebral especializada en la lectura percibimos palabras enteras, y no letras.

Auto-percepción y velocidad no van de la mano

Todos conocemos la sensación de perder el contacto con lo que nos rodea. Puede suceder por varias razones, y una de ellas es la concentración. Cuando nos abocamos a resolver una tarea, el cerebro desconecta la percepción del yo, a tal punto que perdemos la noción de nosotros mismos.

El neurólogo Ilan Goldberg, del Instituto Weizmann en Israel, sometió a voluntarios a experimentos en los que debían observar diversas fotografías. Al reconocer en ellas una figura conocida, como la de un animal, debían apretar un botón. Se trataba de una simple tarea cognitiva. Al aumentar la velocidad de la secuencia, la concentración también aumentaba.

Luego, en otra prueba de menor velocidad, se les pedía que relacionaran las fotografías con un sentimiento. La intención de Goldberg era provocar en los voluntarios la introspección u observación de sí mismo. Como se esperaba, los lóbulos frontales presentaban mayor actividad que otras regiones del cerebro. Al pasar a una secuencia más rápida, el mecanismo de percepción del yo permanecía totalmente inactivo.

Según Goldberg, “las regiones del cerebro responsables de la introspección están separadas de las zonas responsables de la percepción sensorial”. El investigador explica además que, cuando el cerebro necesita todos sus recursos para llevar a cabo tareas complejas, la zona de la auto-percepción se bloquea. Es decir que dejamos de percibirnos a nosotros mismos.

Goldberg cree que esto responde a un mecanismo de defensa. “Cuando nos vemos en peligro, como al aparecer una serpiente, no tiene sentido reflexionar acerca de qué sentimos”, explica. El equipo de Rehovot presentó este informe sobre su trabajo en la revista “Neuron”.

Palabras, no letras

El ser humano conoce la palabra escrita desde hace algunos milenios, poco tiempo comparado con los cientos de miles de su existencia. Toda una novedad en nuestra historia evolutiva. Y hace ya siglo y medio que la ciencia trata de averiguar si existe una región cerebral especializada en reconocer palabras formadas.

En París, en el Hopital de la Salpetrière, trabaja Laurent Cohen para comprobar la hipótesis que formulara Jules Déjerine hace más de cien años. En una operación realizada en un paciente epiléptico, los cirujanos del equipo de Cohen planearon extirpar tejido del área llamada de “formación visual de la palabra”, Word Form Area (WFA), ubicada en la parte postero-superior del hemisferio cerebral izquierdo.

Anteriormente, Cohen y sus colegas habían colocado seis electrodos en dicha zona. Cuando el paciente leía palabras de tres a nueve sílabas, la actividad cerebral era registrada por un tomógrafo de resonancia magnética. Los científicos tomaron el tiempo que necesitaba para leer, y comprobaron que el lapso era independiente de la longitud de las palabras. El tomógrafo mostraba plena actividad en el área de formación visual de las palabras, y también los electrodos, lo que confirmaba la tesis: el cerebro percibe las palabras como un todo.

Un lugar especial para la lectura

Luego de la operación, los neurólogos repitieron el experimento. Para su sorpresa, la velocidad de lectura era menor, y dependía del largo de las palabras. Además, la tomografía no mostraba actividad en la WFA. Lo que sucedió es que el área fue dañada por la operación, según reportan los investigadores en “Neuron”.

“Esto significa que el proceso de la lectura comienza a medio camino entre la visión y la elaboración del lenguaje”, aclara Lionel Naccache, del equipo de La Salpetrière a Der Spiegel. Con esto se demostraría el papel que cumple esa región cerebral en la capacidad de leer.

También científicos estadounidenses ven en estos resultados la prueba de que Déjerine tenía razón: el cerebro posee una región especializada en reconocer palabras enteras. Lo sorprendente es, según ellos, que exista un área que se ocupe de la lectura, una habilidad reciente, evolutivamente hablando.
AutorCP

© Deutsche Welle

Podríamos definir la felicidad como un estado de placer sin deseo?

Archivado en: blogs — Arturo Venegas @ 12:18 pm

La fórmula de la felicidad, en el cerebro Después de miles de años en busca de la fórmula mágica, un equipo de neurólogos afirma que la felicidad es el resultado directo de la actividad cerebral, susceptible de ser observada y medida.

“La neurociencia de la felicidad y el bienestar está dando sus primeros pasos”, dice el doctor Morten Krigelbach, colaborador de la BBC en la serie “La fórmula de la felicidad”, que se transmite por uno de los canales de televisión de la BBC en el Reino Unido. Según Krigelbach, la búsqueda de la felicidad ha sido una preocupación para los seres humanos desde los comienzos de la historia. “Sin embargo, son pocos los que alcanzan este estado deseado, e incluso cuando lo hacen, sólo se dan cuenta más tarde”, apunta el científico. Hasta el momento, el foco de la investigación neuronal de la felicidad se centra en dos aspectos: el placer y el deseo. “La noción de recompensa es un elemento central en estos dos estados de ánimo, y así lo confirman los estudios con animales realizados por psicólogos conductistas desde el siglo XX”, señala Krigelbach. El centro del placer Durante los años cincuenta, los psicólogos canadienses James Olds y Peter Milner, de la Universidad McGill, descubrieron que las ratas se acostumbraban a tocar una palanca que generaba una pequeña descarga eléctrica, a través de microelectrodos implantados en sus cerebros.

Experimentos neurocientíficos con ratas Los científicos experimentaron con ratas para crear estados de felicidad artificial. Cuando la corriente estimulaba ciertas zonas cerebrales, los roedores repetían la maniobra para recibir nuevos estímulos eléctricos. Y lo hacían hasta 2000 veces por hora, dejando de lado otras rutinas habituales, como la actividad sexual o la alimentación. Estos datos hicieron que Olds y Milner anunciaran que habían encontrado el centro del placer en el cerebro, que se ubica en la misma región que resulta afectada por el mal de Parkinson. Más tarde, una serie de estudios con seres humanos, dirigidos por Robert Heath, de la Universidad de Tulane, se basó en estas nociones para intentar comprender enfermedades mentales.

En una línea de investigación éticamente cuestionable, estos científicos llegaron a implantar electrodos en los pacientes para tratar de curar la homosexualidad. Buscando el deseo Más allá de la repetición observable y compulsiva de conductas, no quedaba claro en los reportes de estos ensayos tempranos que los pacientes efectivamente experimentaran placer a través de los electrodos. En cambio, un estudio reciente de la Universidad de Michigan indica que los electrodos podrían activar las regiones anatómicas vinculadas con el deseo, más que con el placer. El científico Kent Berridge, director de este proyecto, reveló que los animales con los que experimentaron tenían una expresión facial particular cuando consumían alimentos sabrosos y dulces, y otra muy diferente cuando se les suministraba algo con sabor desagradable o amargo. Cuando manipularon directamente los niveles de dopamina en el organismo de las ratas, encontraron que sus expresiones no se alteraban. Así, Berridge estableció una diferencia entre deseo y placer, o entre “querer y gustar”, observable tanto en términos de la actividad cerebral como por las sustancias neuroquímicas liberadas. El sistema de emisión de dopamina parece estar así relacionado con el deseo, mientras que el sistema opioideo, que maneja compuestos químicos naturales similares a la morfina, está más vinculado con el placer. Queda claro, sin embargo, que las ratas son diferentes de los seres humanos. “El placer y el deseo son emociones complejas en el hombre, así que todavía tenemos muchas cosas interesantes por aprender en este campo”, señala Krigelbach. Las investigaciones neurocientíficas se concentran en estos días en el estudio de la zona del cerebro conocida como córtex orbitofrontal: es la porción que muestra un desarrollo evolutivo más reciente en los humanos, y tiene conexiones con el sistema de dopamina y con el opioideo. “Usando imágenes neurológicas, encontramos que tiene áreas relacionadas con estados de placer verificables, según nuestros experimentos”, señala Krigelbach.

¿Qué nos dicen, en definitiva, estas investigaciones sobre la felicidad? “¿Podríamos definir la felicidad como un estado de placer sin deseo, un estado de satisfacción e indiferencia?”, se pregunta Krigelbach. Y responde: “Si es así, entonces es posible que los neurocientíficos encuentren algún día la receta para alcanzar este estado”. Es decir, la fórmula para inducir la felicidad

via BBC News

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